Un día de suerte en almendrón por La Habana

LA HABANA, 28 feb. Seis de la tarde en 31 y 60, Playa.  Es domingo. Destino: Prado y San Rafael, Habana Vieja. Voy a lo que pudiera ser un primer encuentro de trabajo. Calor húmedo. Apenas hay ómnibus regulares. Pasan taxis de los llamados “almendrones”, con una velocidad, que tal pareciera que huyen de los potenciales pasajeros.

Tengo competencia. A lo largo de la acera otros esperan, como yo, por un milagro. Al fin un carro se detiene. Es un Chevrolet verde de 1955, que viene despidiendo gruesas bocanadas de humo negro por el tubo de escape. Por el sonido se sabe que el motor ha sido modificado: es el rugido de un diésel de camión.

Nos lanzamos al abordaje sin una pizca de urbanidad, metiendo el hombro, manoteando. Logro asir la manivela de la puerta y me introduzco en el vehículo de un salto, estilo comando. No puedo negarlo: cierto orgullo pueril me embarga; he subido el primero. Otros cuatro náufragos en el mar de asfalto hirviente, ven coronados sus esfuerzos.

Con la vista al frente, dirigiéndose a nadie en particular, masticando las palabras, el chofer dice: “Un caña desde aquí hasta El Vedado”. Es un precio único, lo mismo si vas cinco cuadras adelante o si llegas al final de lo que él ha dispuesto como límite. Hay caras largas, suspiros resignados, pero nadie protesta. Ni siquiera cambiamos miradas de desolación entre nosotros. En el fondo, nos sentimos dichosos de haber podido “agarrar algo”.

Un caña equivale a veinticinco pesos cubanos (CUP) o, lo que es lo mismo, a un peso convertible (CUC), que al cambio oficial viene a ser un dólar y diez centavos, fracciones más o menos. El mismo tramo habría costado 10 CUP un tiempo atrás.

¿Qué ha sucedido? Nadie lo sabe a derechas. Los choferes aducen la subida del costo del combustible, que antes lo “resolvían” en el mercado negro a un precio sensiblemente menor que el que fija el Estado. También hablan del aumento de la carga impositiva, de las excesivas regulaciones para el otorgamiento de licencias, del crecimiento de la demanda, de la escasez de piezas de repuesto; un lago etcétera.

Por su parte, los funcionarios encargados de “ordenar” el transporte urbano se refieren al desmedido afán de lucro y de falta de solidaridad de los propietarios de taxis con la población. Apelan a la conciencia (supongo que a la buena) para que los choferes apliquen la tarifa rigurosamente estipulada, y que casi ninguno cumple. A los pasajeros les piden que sean combativos, que exijan sus derechos, que no abonen un centavo más de lo convenido.

Bueno, convenido no, pues se trata de una medida vertical, tomada sin participación de las organizaciones sindicales de choferes. Pero da igual. En el socialismo hay poca diferencia entre los intereses de los líderes sindicales y los de los funcionarios del Estado. No son una contraparte unos de los otros, ni siquiera contradictores no antagónicos, que es lo que cabría esperar.

La exhortación es a que la población se mantenga en pie de guerra, que haga de cada ocasión que solicita el servicio de taxis de ruta una batalla campal. Una batalla más que contabilizar hacia el final del día.

Transporte de pasajeros con regulaciones. Foto: Otmaro Rodríguez.

Los ómnibus urbanos cuestan cuarenta centavos de CUP. Pero las monedas de veinte escasean. Una buena parte de la población abona 1 CUP por viaje, que recibe el chofer o su ayudante en mano, y del cual no hay vuelto ni constancia de recibo. Es decir, el viandante paga el 150% más del precio regular del pasaje varias veces al día. Esa anormalidad desmesurada se ha convertido en la norma.

En alguna nómina oficial debe haber una instancia de defensa del consumidor, pero la gente no acude a ella, tiene la certeza de que de nada valdría.

Entre mi punto de origen y La Rampa, el chofer va haciendo una seña enigmática con el brazo izquierdo, cubierto por una manga con estampado de tatuajes maoríes; el puño semicerrado y el índice indicando insistentemente la calzada, quiere decir “aquí me quedo”. Ese “aquí” es un arcano indescifrable. No se sabe si se refiere a la cuadra, al municipio o a la ciudad.

Los pasajeros se van bajando a lo largo del camino. Una madre con un hijo adolescente, un chino cubano con traje de gastronómico, una muchacha muy compuesta que no se despega de la pantalla de su celular. No montan más, pues después del túnel de Línea a muy pocos se les ocurriría pagar esa cifra exorbitante por un tramo que, con un poco de espíritu deportivo, pueden hacer caminando.

Tampoco el chofer hace ningún esfuerzo por “recoger” a otras personas de las que sobresaturan las paradas de ómnibus. Quedan solo para mí las emanaciones del gas tóxico que, por defecto mecánico, se cuela, impertinente, en la cabina.

Entonces le suelto, temeroso ante la esperada negativa: “Voy para Prado y San Rafael; te pago otro caña”. “Yo dije bien claro que hasta La Rampa”, me responde sin abandonar el talante de efigie.

A la altura de Línea y 8 detiene la marcha. Llama a un vendedor de cebollas para que se acerque. Mira la mercancía, discuten. Finalmente paga, rezongando: “Siete cañas la ristra de esta cebolla de mierda. La gente le ha perdido el respeto al dinero.” Se apea para colocar la hortaliza en el maletero. Aquí habría que decir que el portaequipajes nunca está a disposición del viajero, que tiene que acomodarse con sus bultos encima o, en ocasiones, pagar más de un pasaje para no molestar a los otros viajeros.

Una pareja de extranjeros, presumiblemente nórdicos, detiene al chofer cuando está a punto de poner el carro nuevamente en marcha. Van para Malecón y Prado. Les dice que “la carrera” les sale en siete CUC (175 CUP). Ellos están de acuerdo.

La momia mueve levemente la cabeza y masculla para mí: “Hoy es tu día de suerte”. Es negro, unos cincuenta años. Por lo que entiendo, voy a seguir viaje. Aunque se niega a demostrarlo, siento que de él hacia mí se proyecta una corriente de duro afecto, algo así como el síndrome de Estocolmo, pero a la inversa: el maltratador se encariña con el maltratado.

Foto: Otmaro Rodríguez.

A mitad del nuevo trayecto el chofer pregunta si los turistas traen el dinero exacto, pues él no tiene cambio. No, sólo disponen de billetes de cincuenta CUC. Nueva parada, ahora en una cafetería. El vikingo se baja a comprar dos botellas de agua. El dependiente no le quiere aceptar el billete. Tampoco tiene cambio. Otra y otra parada más. Al fin compra dos sándwiches de queso y jamón y dos latas de cerveza Sol, mexicana; todo se lo ponen en una bolsa que delata varios usos anteriores. El tiempo corre. Ya es la hora de mi cita.

Llegamos al Hotel Paseo del Prado. Se apea la pareja. Pagan con un billete de 10 CUC. El chofer dice que tiene que darles el cambio en CUP. El hombre dice que no, que esa moneda no le sirve para nada. La mujer le susurra algo al marido. Éste, contrariado, le suelta el billete y da la espalda, rumbo al malecón, sin esperar el vuelto. El chofer, feliz. “Esto es Cuba”, les grita.

No me muevo. “Hasta aquí, compadre”, oigo que me dice. Voy a replicar, pero me aconsejo. ¿De qué valdría decirle que estoy a unas siete cuadras de mi destino? Le extiendo el caña. No lo toma. Con gran esfuerzo ha girado la cabeza hacia el asiento de atrás, que es donde me encuentro. Me mira fijamente a los ojos. No dice nada. Con los dedos índice y del medio me hace la “v” de la victoria, que en este caso representa el número 2.

Pago lo que me pide, es decir, cinco veces lo que hubiera abonado por idéntico tramo hace unos meses en el mismo país donde no se habla de devaluación de la moneda ni de un incremento de la economía familiar que justifiquen tamaño aumento de los precios del pasaje.

Cierro la puerta del carro más fuerte de lo que sería necesario. Es mi pequeña venganza. Oigo a mis espaldas: “La verdad es que no se le puede hacer un favor a nadie.” Saludo con la mano a los turistas que, sentados de espaldas al mar, dan cuenta de su merienda forzada. Ellos me sonríen.

Remonto Prado jadeando. Llevo veinte minutos de retraso. Mi entrevista es con una productora inglesa interesada en que le escriba un argumento de ficción que debe ocurrir en La Habana. No la veo en el portal del Inglaterra. Habíamos quedado en que me esperaría sentada a una mesa –ahora vacía–  que tiene grabados unos versos míos.

Pregunto al camarero. Sí, había alguien con sus señas, pero se ha marchado en un taxi hace un instante. Nada que hacer. No sé dónde se hospeda. Tampoco tengo su teléfono. Nos comunicamos por correo electrónico…

De vuelta a mi casa (les ahorro la peripecia y el costo en moneda de la misma) escucho en el noticiero que se estudia la puesta en práctica de nuevas medidas para la protección de la población ante los transportistas privados; se ensayarán otras fórmulas que podrían irse aplicando gradualmente en los distintos municipios de la ciudad. Quiero bromear sobre el asunto, pero todo lo que se me ocurre es amargo.

Fuente Oncubanews