Sonido centenario, legendaria tradición

Sonido centenario, legendaria tradición

LA HABANA, 17 sept. Cuando se acercan las nueve de la noche en la capital cubana, una voz a lo lejos pide silencio para que se pueda escuchar, en muchos rincones de La Habana, un sonido ensordecedor.

Personajes con los atuendos de la época colonial, los muros viejos y gastados por la leyenda, las antorchas y los cañones… dan la sensación de viajar en el tiempo. En ese instante, la fortaleza San Carlos de La Cabaña se remonta a siglos atrás, período en el cual el Cañonazo de las nueve avisaba a todos el cierre de las murallas de la ciudad para protegerla de los ataques de corsarios y piratas.

“¡Sileeeennciooo! A nuestra ciudad nadie puede entrar, de nuestra ciudad nadie puede salir. ¡Sileeeennciooo! Nuestro cañón antes sonaba a las ocho, a las ocho señor. ¡Sileeeenncioooo!… Nuestro cañón se llama Príncipe Mío y a las nueve sonará. ¡Sileeeennciooo!… A San Cristóbal la guardia llegó… Artilleros, a sus puestos.

Para el cañonazo de las nueve, preparen… Fogonero, preparen la mecha…Señoras y señores, por orden del ilustrísimo gobernador de la Villa de San Cristóbal de La Habana, en breve, se ejecutará una salva de cañón y cerrarán las puertas de esta fortaleza San Carlos de La Cabaña…”.

Así se escucha en La Cabaña, en el 2018, ese viaje en la máquina del tiempo. Tal vez el Cañonazo ya no tiene la misma función de aquel momento, y ahora quizás solo anuncia el comienzo de la vida nocturna en una ciudad que ha ido cambiando con cada estallido, pues han pasado cientos de años y todo tiene los distintos matices de la evolución. Surgieron nuevos colores, nuevos sonidos, pero, aun así, a las nueve se mantiene una descarga que rescata la historia.

Desde su nacimiento en el siglo XVIII, el Cañonazo ha sido testigo de numerosos acontecimientos y procesos históricos, que incluso tuvieron incidencia directa en su ejecución. Por eso dejó de sonar durante la primera intervención norteamericana en Cuba y en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial para no gastar pólvora y evitar dar a conocer la posición de la bahía.

Junto a él se expandió La Habana, esa que hoy abraza la costumbre, y en la cual seguramente ya no se podrá vivir sin su presencia. Silencio. Llegó la hora. El redoble vertiginoso de los tambores y las mechas de fuego, inquietas por el viento a ambos lados del cañón, presagian el petardo. Silencio. Ya son las nueve, tiempo de cañonazo, momento de tradición.
(Texto y fotos: Jorge Luis Coll Untoria)