TRANSPORTE PÚBLICO EN LA HABANA ¿UNA SERIE TELEVISIVA?

 TRANSPORTE PÚBLICO EN LA HABANA ¿UNA SERIE TELEVISIVA?LA HABANA, 21 nov. Por: Alberto C. Toppin Fotos: Jorge Luis Borges Liranza
Si,todavía se coge. Y se llena. Por mucho que haya taxis públicos –más que públicos, compartidos – y pedaleantes que nos llevan en un triciclo a cualquier dirección –si no es muy lejos, claro–. La cuenta no ha cambiado:a falta de pan, casabe; a falta de metro,guagua.

El transporte público en La Habana se parece más a una serie de televisión que a la realidad. Ha pasado por tantas temporadas que ya no sabemos cuántos países han intervenido en la producción de este dramatizado: China, Rusia (y su alter ego la URSS), Bielorrusia, Brasil, España.

Como todo problema al que se enfrenta el cubano,provoca risa sufrida y llanto humorístico al mismo tiempo, tanto al espectador como al protagonista.A veces a uno más que al otro o a veces a los dos con la misma intensidad.

Al espectador cuando percibe que a las 7:30 de la mañana pasa delante de su vista un flamante P tan puerti abierto que le deja boquiabierto. Pasa,pasa y pasa, y viene a recordar –el chofer de la guagua– que tiene frenos a un cuarto de kilómetro de donde debería detenerse.

Y se acuerda con un vigor que hace sufrir a los protagonistas. A esos que, adentro, se aferran a los tubos y preguntan si el conductor obtuvo la licencia de manejar en el zoológico o en la morgue. Por supuesto, a tal hora los espectadores –que van más que tarde para sus respectivos trabajos– no tienen paciencia para reparar cuántas semejanzas hay entre un P chino y los muy cubanos camellos.

Tres puertas que a la larga dejan de cerrar y por las que lo mismo se sube o se baja. Una frecuencia que se dice y nunca se cumple. Dos hileras de ventanillas que de tantos baches terminan por aflojarse y comenzar a vibrar. TRANSPORTE PÚBLICO EN LA HABANA ¿UNA SERIE TELEVISIVA?

Encima, cada espectador desea en silencio encontrarse con el supuesto coordinador de este dramatizado-pesadilla —comúnmente llamado inspector— y que este, además de que no se resigne a dejar pasar el vehículo porque ya no cabe ni una mosca, se ajuste los pantalones o la saya y le cante las mil cuarenta al conductor por detenerse a 200 metros o más de la parada.

Demás está decir que en el set tienen lugar las más orgánicas de las actuaciones. Desde el desmemoriado chofer hasta el más indiferente de los que están sentados. Hay lágrimas, casi siempre a cargo de los niños. Con suerte, alguna que otra escena de violencia verbal que termina en silencio o murmuraciones refunfuñando, aunque a veces, solo a veces, estalla en violencia física extrema. Sí, extrema.

Un empujón, codazo o pisotón es cosa común, se pida disculpas o no.Claro que estos actores no necesitan buscar tanto dentro de sí, y puede que algunos ni conozcan a Stanislavski. No lo necesitan. Todo el ambiente conspira para que sus emociones hagan erupción y los vuelvan merecedores de los más distinguidos premios.

Sobre todo a las 4:00 de la tarde con un calor de julio o agosto, a más de una hora de viaje y en plena inhalación de esencias que dan ganas de revivir –porque para ese entonces se tiene la mente en blanco y no se siente ninguna parte del cuerpo– para morir otra vez. Hay quien opta por seguir su sueño de grandeza exclusiva y se desmaya, y entonces quienes carecen de tal histrionismo le levantan del suelo y hasta le buscan un caramelo y agua.

Pero lo peor ocurre cuando hay una falla en la producción. Cuando, repentinamente, se deja de rodar.Literalmente hablando. Se retrasa la entrega y los espectadores más próximos se encrespan, se desesperan; mientras que los protagonistas reciben unas vacaciones involuntarias y son dejados a su suerte en alguna parte, por lo general lejos de su destino.

Se sufre a regañadientes esta transmutación de actor a espectador, aunque de una u otra forma nunca se dejó ni se dejará de estar a la expectativa. Antes, para estar pendientes en qué escena hay que salir del set y recordárselo al olvidadizo del chofer, preferiblemente con un grito que inutiliza los micrófonos imaginarios; ahora, para encontrar la oportunidad de volver al rodaje.

Y al final, cuando se está exhausto por la jornada y en el lugar adonde se quería llegar, la más desgastada de las sorpresas:mañana es otro día. Hay que rodar otra vez.