Taxista, compadre, pare taxista

Taxista, compadre, pare taxistaLA HABANA, 21 mar. Por: Alberto C. Toppin  Dicen algunos que Cuba tiene sus peculiaridades, y que los taxis es una de ellas. Por tres razones: los más baratos, los que se utilizan a diario y con más asiduidad, son de mediados del siglo pasado; van hacia dónde los choferes quieren –no los pasajeros–; y de privado solo tienen la propiedad, no el servicio.

Sin embargo, es indudable cuán necesarios resultan en una ciudad donde el transporte público queda por debajo de la demanda.

Por supuesto, como tantas cosas en el mundo, los taxis no los inventamos los cubanos, ni siquiera la palabra. Dicen los académicos de la Lengua Española que el vocablo taxi es una contracción de taxímetro; y este devino de la unión de dos palabras griegas: τάξις, «tasa» y μέτρον, «medida». Es obvio que resulta más factible y enfático gritar ¡taxi! que ¡taxímetro! en ciudades para nada silenciosas como lo son La Habana, Nueva York, Londres o Bangkok.

No obstante, existe una curiosidad con el origen de este término, y es que el apellido del inventor del primer servicio de taxis es muy semejante al vocablo en cuestión. Francesco I de Tassis (o en alemán Franz von Taxis) fue quien, en 1504 y siguiendo el modelo de correo postal de los mongoles, formó la primera línea regular de coches de posta entre Holanda y Francia; aunque hubo que esperar cuatro siglos para que se creara una manera de medir las distancias recorridas durante la marcha. Esa fue obra del francés Louis Renault –el mismo creador de la marca de automóviles–, y desde un principio también se medía el tiempo en que se empleaban los vehículos.

Demás está decir que no todos los taxis del mundo son iguales. Varían según las condiciones económicas de las naciones, sus tradiciones culturales y hasta las características del clima, el relieve e incluso la hidrografía. Por ejemplo, el color amarillo viene de Nueva York y fue seleccionado para distinguir al servicio de taxis del resto de los vehículos.

Y hay más: en esta ciudad estadounidense, que tiene la flota más grande de taxis en Estados Unidos según The New York Times, existe un número telefónico disponible y una página web del gobierno neoyorquino para, además de pedir un transporte para discapacitados, ejercer alguna queja. Encima, hay una tarifa fija de unos 45 dólares (más peaje y medio dólar de impuesto estatal) para los viajes entre el aeropuerto internacional JFK y Manhattan, pero dicho precio crece si los destinos son múltiples.

Eso sí: ser taxista en Nueva York es riesgoso, y no precisamente por el tipo de pasajero que puede subir al vehículo. Con la nueva ola de negocios que no tienen medios propios –Facebook es el mayor productor de contenidos, y no los produce completamente; AirBnB es la cadena hotelera más extendida por el mundo, y no posee ni hotel ni habitaciones–, los taxistas tienen crisis con nombre: Uber.

Es básicamente un servicio de taxis que conecta a los conductores de los vehículos registrados y los pasajeros mediante una aplicación móvil y que se ha expandido por varias ciudades debido a su nivel de personalización. De ahí que en otras latitudes como España, la llegada de esta empresa se haya visto con recelo.

Otro de los países con un gran número de taxis es la Ciudad de México: en 2014, un estimado de 140 mil vehículos realizaron casi un millón y medio de viajes diarios. Sin embargo, en la tierra azteca cambia el color: son rosados y blancos, aunque los puedes encontrar en rojo y dorado. A los que circulan por toda la ciudad en espera de un cliente se les llaman taxis libres, y comienzan a cobrar desde que se les contrata.

Digamos que la situación en Rusia se torna un poco más compleja. Por cada taxi oficial hay tres ilegales que son, en resumen, vehículos conducidos por personas que, tras la caída de la URSS, se decidieron por este oficio para ganarse la vida. A veces suelen ser baratos, otras más caros, sobre todo cuando los clientes no hablan ruso.

Eso sí: el gobierno español no los aconseja por la poca garantía de seguridad. Prefiere los reglamentados, los cuales son amarillos y algunos —conducidos por mujeres— son rosa. Solo uno es rojo: una especie de tanque-taxi oficial que desde el 1 de enero de 2015 rueda por las calles de San Petersburgo.

En Londres, la legislación para con los taxistas resulta de lo más sorprendente, empezando por el ingreso. Para obtener una licencia de conducción de taxi, es necesario pasar un test conocido como The Knowledge (El conocimiento), el cual requiere aprender 320 rutas londinenses en un radio de seis millas en Charing Cross, que incluye 25 mil calles y 20 mil puntos de referencia. No en vano los candidatos se preparan con 34 meses de antelación y se presentan a 12 convocatorias como promedio.

De aprobar, pasarán a conducir un auto de la London Taxi International que tradicionalmente es negro; también puede ser azul, amarillo, verde, rojo o decorado con publicidad. Por un viaje de una milla cobran entre 5.80 y 9.20 libras esterlinas en dependencia del horario y la duración del viaje, e imponen una multa de 40 libras si se ensucia el interior del vehículo.

Legalmente está estipulado que la altura del techo de los carros debe permitir a un viajero sentarse cómodamente sin quitarse el sombrero. Y hay más: según una ley no derogada de 1847, el taxista puede orinar en la rueda trasera izquierda siempre que toque con la derecha la cabina del vehículo.

Si hablamos de color, los taxis de Tailandia parecen salidos de una caja de caramelos. Los tradicionales son verdes con amarillos y rojo con azul, mientras que el resto son naranjas, verde y hasta rosados; todos de un brillo metálico y de diferentes compañías. Su tarifa empieza en 35 baht (poco más de un dólar) y va aumentando gradualmente 2 bahts por kilómetro, aunque, como es lógico en un país subdesarrollado de bajos salarios, los taxistas siempre tejerán alguna artimaña para adquirir un poco más de dinero, ya sea proponerte un lugar, no poner el taxímetro, entre otras.

Definitivamente, entre tanta variedad, sigue habiendo rasgos comunes.

Foto:Borges