De práctica prohibida a arte marcial popular: así funciona el clan ninja de La Habana

De práctica prohibida a arte marcial popular: así funciona el clan ninja de La HabanaLA HABANA, 11 August (Univision) El arte del ninjitsu llegó a Cuba introducido y enseñado de manera exclusiva para los militares. En los 90 su práctica se abrió a más ciudadanos y ahora un clan ninja entrena y aprende a manejar espadas en Marianao.

Los más fervientes miembros crean sus propias armas y, a veces, veneran al sensei, autor de un estilo de ninjutsu cubano y cuya palabra es en sí el único código de honor.

El ninja que nos ocupa vive al fondo de un pasillo del barrio Santa Felicia. En Marianao, un municipio de La Habana, las broncas (peleas callejeras), se han hecho con brujería, machetes, y metralleta antes de que en lo 60 se prohibiera la compra–venta de armas de fuego. Pero no hay registros de arte marcial como el que Pochi práctica.

Pochi, como le llaman sus cercanos, nació en 1992, década en que Cuba no tuvo nada fácil por la crisis que generó el derrumbe del Bloque socialista. Haciendo paralelas, diserta brevemente sobre el alfabeto asiático, y el grafema tatuado en el cuello: un kanji japonés. Significa Nin. “Sufrimiento, sacrificio, paciencia, perseverancia”, dice mientras sube y baja. Jutsu es técnica.

Entonces el Ninjutsu, el arte marcial japonés que practica, es la técnica de la perseverancia.
-El Jutsu lo voy aprendiendo, pero el Nin -dice agitado, el índice sobre una vena que atraviesa el tatuaje azulgrana- está dentro de mí.

De práctica prohibida a arte marcial popular: así funciona el clan ninja de La Habana

Darmar es el séptimo Dan (nivel) en Ninjutsu. Yoe Suárez

Para desdoblar el Nin entrena con su clan. En el dojo, un espacio cerrado con colchones, no se hace distinción de ejercicios por rendimiento físico. El tope de Pochi es el mismo que para un discípulo de 130 libras. En eso Darmar Soberon, el sensei (o maestro), es invariable. Indica una rutina bien fuerte, que adivina no superará el aprendiz de ninja por sus condiciones físicas, pero que pone a prueba el arrojo y luego de varias sesiones tiende a expandirlo.

Hubo un tiempo en que el maestro Maasaki Hatsumi fue tan popular entre guapos de La Habana como Rebeca Martínez y su programa de ejercicios aeróbicos entre las chicas liadas con el sobrepeso.
La gente conoció a los ninjas en tutoriales que iban de casa en casa en casetes Betacam, con Maasaki Hatsumi enseñando ninjutsu. De esa moda nacieron improvisadas, clandestinas y pequeñas escuelas con profesores mayormente emigrados de otras artes marciales.

Mayra Calviño, maestra de karate, estaba curiosa por el ninjutsu, introducido en Cuba por los cuerpos de la Seguridad del Estado en los 70. Su enseñanza estaba prohibida fuera de las fuerzas armadas y ella, agente del DTI (Departamento Técnico de Instrucciones), se preocupaba por regular la situación de tanto videosensei en La Habana. Corrían los años 90, y la escasez propició un alza del pandillerismo.

  Hatsumi, que sin saberlo se convirtió en el maestro de los cubanos aficionados al ninjutsu, era el soke –heredero- de Takamatsu, del clan Iga: el último ninja tradicional, que asesinaba, envenenaba.

La voz de Mayra llega a oídos de Darmar Soberon. Se encuentran. La mujer nota la experiencia y aptitudes del otro. Hace las llamadas pertinentes y oficializa en 2003 la Asociación Cubana de Ninjutsu bajo la cobertura de la Federación Nacional de Artes Marciales adscrita, no al Inder (Instituto Nacional de Deportes), sino, curiosamente, al Ministerio de Justicia.

-Ella fue la persona que designaron para que controlara la cosa de los ninjas, porque hasta ese momento solo era algo practicado por los militares –revela Darmar mientras despide a una docena de niños del barrio a los que enseña en las tardes. Sin muchas preguntas, con 30 años, secunda a Mayra, y al fin inscribe su propio clan. Kage sensei: Maestros de las sombras.

El próximo paso es darle forma a un estilo propio que puntúe nacionalmente a los senseis. Mayra, Darmar y uno de sus primeros alumnos, Iriel Hernández, combinan lo mejor de varios estilos dentro del ninjutsu. De ese ajiaco sale Isshin Ookudo Ryu: escuela de muchos caminos y un solo sendero.

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Armas de madera para los entrenamientos. Yoe Suárez

Cuando muere Mayra, en febrero de 2013, Darmar acomoda una foto permanente en el dojo, y pasa a presidir la Asociación. Pero en breve declina. Años después, tras la ayuda filantrópica de una federación chilena, el Isshin Ookudo Ryu fue reconocido internacionalmente. Darmar se hizo kaisho, maestro fundador.

Es sábado en la mañana, el día que entrenan en Kage sensei a los cintas blanca. Tomo fotos y videos, y a punto de irme Darmar me pide que espere. Trae unas páginas impresas: copias en español e inglés de una historia que hace poco publicó la NHK. Me las alcanza y panea el dojo con su mano:

-Por si alguien te dice que esto es un cuento.

El trabajo titulado Ninjas del Caribe asegura que la fama del ninjutsu en Cuba se remonta al rompimiento de relaciones entre la Revolución y los Estados Unidos, en 1961. Como los filmes de Hollywood no podían exhibirse, se dio entrada a cinematografías de otras latitudes. El texto subraya que los ninjas cautivaron al cubano «por sus habilidades aparentemente sobrehumanas y técnicas astutas».

De práctica prohibida a arte marcial popular: así funciona el clan ninja de La Habana

Los seguidores de este arte marcial entrenan en Marianao. Cortesía

Pochi tiene un sueño: ser artista marcial en la Televisión. Si él no pudiera le gustaría que sus hijos sí.
Pochi suelta, gratuitamente, que la guerra es justa cuando es para liberar a un pueblo del martirio, “como lo fue, en su momento, la Revolución Cubana”, dice.

Pochi tiene otro sueño: ser Soke, el sucesor del sensei; heredero del clan. Es una tradición. Sería, en el caso de la escuela de Darmar, quien Darmar decida. Y todo Kage sensei le jurará respeto. Puede ser el más fuerte, el más débil, el más ágil, el más joven, el más terco. Quizá todo eso en un solo alumno.

Humberto, un viejo séptimo Dan en Taekwondo, Maestro de armas de la escuela de Pochi, anima a los jóvenes del clan diciéndoles que son ninjas de verdad, como los de antes, “porque resuelven sin tener”. -Ahora –ejemplifica refiriéndose al resto del mundo- si quieren un sable lo compran, quieren una cadenita, van a la tienda. Ustedes no. Ustedes lo hacen –y estetiza la penuria-: son muy clásicos.

El maestro Humberto está especializado, sin ser herrero, haciendo sables. Y a decir de varios alumnos “le quedan japoneses”. Muy clásicos, digamos.
Las estrellas son creadas por herreros que el sensei conoce. Pero uno de los jóvenes del clan vandaliza postes de electricidad por una lámina metálica que, según él, da buenas estrellas.

Como la mayoría de las armas no caben en un bolsillo y a Pochi le gusta andar “preparado” alguien le hizo una yawara, un madero cilíndrico sobre los diez centímetros, puntiagudo en los extremos, más bien bolo. Puesto a presionar en el cuello, la cadera, la boca del estómago, el costillar, y otros rincones de la anatomía que el ninja estudia bien, genera un dolor que haría retroceder a cualquier oponente.

-A menor tamaño mayor presión –dice y empuja levemente la yawara contra mi pecho. Su ecuación físico-ninja tiene todo el crédito.
Vuelvo unos segundos a una clase de secundaria:
-Masa más velocidad igual a fuerza –y ahora se ve muy diestro a Pochi con dos nunchakos, su arma favorita.

Silban cuando los pasa cerca de las costillas girando furiosos y luego tras la nuca, de mano a mano. Se hicieron con un tubo de media cortado en dos trozos iguales, rellenos de cemento (“pa que duela”), unidos por una cadena que puede salir de un arreo de perros. Y ya.

Ser un ninja en Cuba, como casi todo, exige inventiva.
El ninjato de Pochi -llegado como suvenir no del extremo oriente, sino de África austral- es herencia de su abuelo, que lejos de darle el uso que hoy están teniendo, ornamentaba la casa.
En la calle un ninjato puede costar 90 dólares, quizá porque es más corto, menos fastuoso que la katana, cotizada habitualmente en 150.

De un forro largo de nylon saca una vaina negra tejida y con letras doradas. La lleva a la cintura, gira una mano y hala. La espada silva y llora.