Por si acaso…

LA HABANA, 18. Julio Por: Giovanni Martínez  Son muchos los deportistas que tienen diversas manías o supersticiones. Acciones que, según ellos afirman, les determinan en sus resultados competitivos. Las siguen al pie de la letra, pues les aportan, dicen, una importante fuerza “psicológica” extra.

La lista de atletas va desde los menos conocidos hasta los más famosos; personajes de la talla de Michael Jordan, Serena Williams, Rafael Nadal, o los mejores futbolistas del momento: Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.
Apenas cierra el mundial y hacemos referencia al más universal: un deporte donde la suerte juega un papel significativo.

Uno de los casos más conocidos tiene que ver con el nacido en Costa de Marfil y ya retirado Kolo Toure, quien mientras estuvo activo tenía la firme idea de que la buena suerte lo acompañaba siempre y cuando fuese el último en salir al terreno de juego antes de cada partido, y lo cumplió a lo largo de toda su carrera.


El mismo ritual que comparten Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Los mejores del universo fútbol son los últimos en ir a la cancha, mientras no lleven el ribete de capitanes. El portugués da un salto al entrar al terreno; y el argentino siempre acomoda el balón de la misma forma, se concentra, da cinco pasos hacia atrás, fija el objetivo y hace un disparo orientado. Cuando el 10 de la albiceleste y del FC Barcelona anota un gol, señala al cielo y se lo dedica a su difunta abuela.

Pero estos rituales han existido siempre en el fútbol. Se dice que lo que hizo el jugador francés Laurent Blanc en 1998 le dio suerte a la selección de su país para ganar la Copa del Mundo. Durante el partido final, Blanc buscó la calva del portero del equipo, Fabián Barthez, para besarla con la intención de atraer bendiciones y poner el destino a su favor. Cierto o no, Francia ganó la que hasta ahora es su única corona en mundiales.

Algunos hechos no dejan de sorprendernos, como una anécdota que tiene que ver con otro arquero, Sergio Goycochea, seleccionado argentino en 1990, quien por aquella época se ganó la fama internacional de parapenaltis. Según contó a la prensa por esos días, orinar dentro de su portería era su secreto. Sí, así como se lee, orinar, un método poco científico pero que le sirvió para llevar a su selección hasta la final tras superar en los penaltis a la anfitriona de la cita.

“Todo comenzó en Italia 1990 en un partido contra Yugoslavia. Reglamentariamente, ningún jugador puede abandonar la cancha entre el final del partido y la definición. Ese día hacía un calor bárbaro y había tomado mucho líquido. Tenía unas ganas bárbaras de mear y no podía ir al vestuario; así que ellos me taparon, me agaché e hice ahí”- explicaba Goycochea. Desde ese momento, se convirtió en tradición.

Igual de extraordinarios son otros casos relacionados con distintos deportes, como el de la ciclista británica Laura Trott, campeona olímpica en Londres, que tiene la extraña costumbre de correr con las medias mojadas. Trott se cubre los pies con una toalla húmeda antes de ponerse los zapatos para pedalear.

Más insólito aún es el caso de la levantadora de pesas estadounidense Morghan King, que tiene una rutina relacionada con su ropa interior. King dice que usa el mismo blúmer y par de medias desde que empezó a competir. ¡Ojalá se preocupe de lavarlos!

Muy chocante, como también el hábito de Yoshiaki Oiwa, jinete japonés que tira sal en la parrilla de salida y al caballo, antes de cada carrera.

Y no podemos olvidar a Michael Jordan. La leyenda del baloncesto mundial, quien jugó todos sus partidos con los pantalones de su universidad, la de Carolina del Norte, debajo de los de Chicago Bulls. Era una manía que poco a poco fue sentando moda, porque Jordan comenzó a tener que usar pantalones más anchos con su equipación de los Bulls para poder llevar debajo su prenda-amuleto, y todos en las calles empezaron a ancharlos también.

Por su parte, la tenista Serena Williams, una de las mejores del mundo, debe rebotar la pelota contra el césped cinco veces en su primer saque y en el segundo tres. Williams asegura que cuando ha perdido, se debe a que no lo ha realizado.

Otro grande del tenis, el español Rafael Nadal, tiene muchas mañas. La más llamativa es colocarse el calzoncillo entre punto y punto. Pero también se acomoda el pelo detrás de la oreja, golpea sus tenis con la raqueta, y no pisa las líneas del campo.
¿Y nosotros los cubanos?


En la Isla somos un poco supersticiosos. Pasar por debajo de un cartel de tránsito, o de una escalera son conductas evitadas. Los gatos negros se tornan demonios si nos cruzan por delante, pisar aquello que también hacen los gatos y mucho más los perros da buena suerte, y de seguro mal olor, entre muchos otros sortilegios.

Esto por supuesto que se extiende al deporte. Recordemos por ejemplo al carismático lanzador pinareño Pedro Luis Lazo, uno de nuestros mejores peloteros de todos los tiempos, quien se ponía una toalla blanca sobre la cabeza cuando estaba en la banca y llevaba un tabaco consigo, a veces incluso lo fumaba, no por casualidad.

Regresemos un poco en el tiempo hasta aquel play off entre Matanzas e Industriales, justo en el momento cuando Víctor Mesa, director técnico en ese entonces de los Cocodrilos, previo a empezar el juego le ofrece de regalo un collar a su homólogo azul Lázaro Vargas. Este lo rechaza delante de todo el mundo, a pesar de la insistencia de Víctor, quien finalmente se lo coloca en su propio cuello para demostrar que no tenía “nada malo”.

Manía curiosa es también la que ha acompañado siempre al capitalino Yoandry Urgellés, a quien le conocen como el Tácata, porque así grita cuando hace contacto con la bola en el cajón de bateo.

Y Yipxi Moreno. La cubana que más lejos ha lanzado el martillo tenía que cumplir un ritual antes de efectuar cada tiro: hacía girar su dedo índice en círculos como describiendo el recorrido; y luego, al lanzar, hacía un gesto muy fuerte y hasta alguna mala palabra le salía.

Aunque estos protocolares parezcan insignificantes, son esenciales para los atletas que los realizan. Por nuestra parte, nunca tendremos entera certeza de qué pasaría si un día no los hacen, pero, por lo pronto, no parece que vayan a animarse a dejarlos, digamos que… por si acaso.