En la Cuba de los cambios, el sexo se ha vuelto castigador

Un grupo de jóvenes en el Malecón de La Habana, en foto de archivo del 2012. Ramon Espinosa AP

Un grupo de jóvenes en el Malecón de La Habana, en foto de archivo del 2012. Ramon Espinosa AP

LA HABANA, 16 oct. (WENDY GUERRA) Nacimos en un estado laico, no confesional, en el que la iglesia no ha sido parte de la ilustración de estas cuatro últimas generaciones de cubanos. Crecimos en un país donde las becas, escuelas al campo y el hacinamiento forman parte de laconvivencia cotidiana.

Desde el quinto grado de primaria hasta los años de secundaria básica comienzan a introducirnos en el estudio de pequeños textos para el conocimiento de la educación sexual, la asignatura Ciencias Naturales posee un programa que abarca tanto las formas de relacionarse en pareja, como los órganos de reproducción sexual, las diferencias de identidad en ambos sexos e incluso el peligro de la promiscuidad y sus consecuencias en nuestra salud.

Lo contrastante de este fenómeno es que cuando estudiamos estas materias ya sabemos de qué se trata. No conozco una pionera de quinto grado que no pueda recitar de memoria muchos de esos tópicos, que luego, profesoralmente, nos dicta la maestra desde el pizarrón.

Conocemos a los primeros “noviecitos” en el Círculo Infantil, en la primaria damos nuestro primer beso y en la Secundaria Básica y el Preuniversitario, como casi tenemos la edad de nuestros maestros ¿emergentes?, es probable que intercambiemos con ellos conocimientos teóricos y prácticos fuera y dentro de la institución escolar.

Es que aquí, al decir del poeta Sigfredo Ariel, “la inocencia solo se pierde una vez y la vida es muy larga”. La vida sexual en Cuba es un libro abierto que cada cual interpreta y corporiza a su manera, no hay secretos escritos sobre la piel que, tarde o temprano, salten a la vista en los espacios privados con un destino inequívocamente público.

Nuestros padres asumieron una intimidad poblada, compartida, crearon lazos generalmente breves, matrimonios fugaces que fenecían en el mismo punto de declive del enamoramiento o el deseo. No tenían nada material que proteger, las normas sociales anteriores fueron lanzadas a la hoguera socialista, nos cambiaron los esquemas y la familia dejó de ser ese núcleo fundamental por el que sacrificarse o inmolarse. Perdió valor el estoicismo de aguantar un matrimonio decadente por los hijos, los padres o el qué dirán.

Así crecimos, con las llaves de la casa colgada al cuello porque nuestros padres llegarían muy tarde, demasiado como para rendirnos cuenta. Nuestro mundo paralelo no era, del todo, parte del conocimiento adulto y los adultos tenían una vida muy parecida a la nuestra, bordada de emociones adolescentes y casuales, encuentros sexuales semejantes a los nuestros, hubo una fusión generacional que bajó los tonos jerárquicos hasta fundirlos. En el ensayo Tener veinte años toda la vida, de Antonio José Ponte, puede encontrarse este esquema de eterna pubertad y poco compromiso que padecemos los cubanos.

Llegamos a los 40 y es ese el minuto en que tus amigas se divorcian, los esposos empiezan a ser “el padre de mis hijos” y llegan al ruedo los jóvenes amantes que entran y salen de madrugada a las casas de familia, hoy nidos de solteras que siguen sintiéndose adolescentes.

A las camas de las mujeres nacidas en los años 1970 y 1980 penetran los jóvenes nacidos durante el Período Especial, y ¡Oh sorpresa! esta generación ha sustituido el noble “Paz and Love” de nuestros padres por una conducta generalmente machista, dura, correctiva, a veces grosera y casi ortopédica de lo que puede ser el sexo casual. Los golpes dentro de lo que puede ser el lúdico lenguaje erótico van sustituyendo la ternura y pasamos gestualmente de la caricia al garnatón en una noche.

La vulgaridad, el gregarismo y la cultura del reggaetón invade el encuentro sexual criollo en un mismo país que parece ser otro en la corta distancia de una década.

Esto ocurre entre intelectuales, científicos, ingenieros, obreros, músicos o teóricos a punto de obtener un doctorado. La violencia física va ganándole a la caricia y la vulgaridad al simple acto de galantería, coqueteo o enamoramiento.

Emerge hoy esa otra Educación Física muy cercana a la llamada cultura presidio, la guerra entre los cuerpos, la ofensa como herramienta erótica, los castigos con atributos militares y el dolor físico como vehículo de placer.

Lo que pudo ser un síntoma excepcional de una zona social, marginal o aislada es ya una norma generacional imperativa que nos marca la piel y amordaza el alma sexual de un país donde el cuerpo es y ha sido siempre una bandera blanca.

http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article108523547.html#storylink=cpy