García Márquez: un enamorado de Cuba y amigo incondicional de Fidel

gaboconfidelapreuters.520.360LA HABANA 17 Abril   Sus antiguos compañeros lo recuerdan con su cabello encrespado y su gran mostacho negro, casi montado sobre el cigarrillo que invariablemente llevaba entre los labios. Una foto de la época lo retrata vestido de traje y corbata en el aeropuerto de La Habana, bajo el sol abrasador del Caribe, junto al periodista argentino Jorge Ricardo Masetti. Era el Gabriel García Márquez de 1960, un aspirante a escritor de 33 años, que se había instalado en La Habana durante seis meses, seducido por la gesta de los guerrilleros de la Sierra Maestra, para trabajar con Masetti, el argentino Rodolfo Walsh, el uruguayo Carlos María Gutiérrez y otros periodistas de leyenda en la recién creada agencia estatal de noticias Prensa Latina.
Cronista de pura sangre y reportero de fino olfato, sabía que se encontraba en el lugar y el momento oportunos, en el parto de un hecho histórico, que él quería verlo y contarlo, como recordaría alguna vez su colega argentino Jorge Timossi, otro de los fundadores de Prensa Latina, reseñó DPA. Fue la época en que se enamoró de Cuba y de su revolución, a las que sería fiel hasta su muerte, a pesar de las críticas de muchos de sus amigos intelectuales, algunos de ellos de izquierdas, que jamás le perdonaron su adhesión incondicional a la causa revolucionaria y a su líder histórico, Fidel Castro. Amigo personal del “patriarca” cubano y asiduo visitante de la isla durante décadas, el autor de “Cien años de soledad” nunca criticó públicamente al régimen comunista de La Habana. “Un hombre -en opinión del diario oficial cubano “Granma”- que para los cubanos es como uno más entre nosotros, por su solidaridad inclaudicable, sus idas y vueltas por la Isla y, sobre todo, por su entrañable amistad con Fidel”.
Su amigo y biógrafo Plinio Apuleyo Mendoza, escribió que García Márquez era amigo de Castro, pero no partidario del sistema, porque había quedado muy “desencantado” del socialismo que vio durante una gira por el “mundo comunista”. Él mismo, ante una pregunta de la prensa, negó ser comunista: “No lo soy ni lo he sido nunca”, dijo.

Con ojos de periodista, su ex jefe en la agencia cubana, Jorge Ricardo Masetti, pensaba que Gabo era un hombre al que le gustaba “estar en la cocina del poder”. A pesar de haber sido fundador de Prensa Latina, García Márquez conoció personalmente a Fidel Castro recién a mediados de la década de los 70, cuando ya había escrito una serie de reportajes -“Cuba de cabo a rabo”- en los que no ocultaba su admiración por la Revolución Cubana y su conductor. Por aquella época, según el filósofo francés Regis Debray, colaborador de Ernesto “Che” Guevara en su aventura de Bolivia, Fidel Castro no estaba muy convencido de la “firmeza revolucionaria” del escritor, a pesar de que el futuro Nobel había pasado de puntillas por el “proceso stalinista” de los años 70 contra el poeta Heberto Padilla, que supuso la ruptura de muchos intelectuales con La Habana.
“La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura”, explicó el autor de “El otoño del patriarca” en los años 80. En el prólogo “El Fidel Castro que yo conozco” para el libro “Habla Fidel”, escrito por el periodista italiano Gianni Minà (1988), el novelista lo describe con no poca admiración: “el ser humano insólito que el resplandor de su propia imagen no deja ver”, “el antidogmático por excelencia, cuya imaginación creativa vive rondando los abismos de la herejía”, un hombre “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”, cuya “más rara virtud de político es esa facultad de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus consecuencias remotas”. Según el británico Gerald Martin, quien publicó en 2008 la única biografía autorizada del escritor, García Márquez siempre sintió “una enorme fascinación por el poder” y fue amigo de muchos políticos, como Felipe González y Bill Clinton, pero “todo el mundo se fija sólo en su relación con Castro”.”Nuestra amistad -escribió Castro en una de sus ‘Reflexiones’- fue fruto de una relación cultivada durante muchos años en que el número de conversaciones, siempre para mí amenas, sumaron centenares.
Hablar con García Márquez y (su esposa) Mercedes siempre que venían a Cuba y era más de una vez al año se convertía en una receta contra las fuertes tensiones en que de forma inconsciente, pero constante, vivía un dirigente revolucionario cubano”. García Márquez abrió en San Antonio de los Baños en 1986 la escuela y la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano, que atrajo a Cuba a conocidos hombres del cine como Robert Redford, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola y Oliver Stone, quienes se plegaron al Nobel en su adhesión al régimen. La leyenda le atribuye la propiedad de una mansión en La Habana, obsequio de Fidel Castro, y una vida regalada a partir de la afición común con el líder cubano, la buena mesa.

El escritor mexicano Enrique Krauze, director de “Letras libres”, le lanzó una crítica demoledora al comentar la biografía de Martin: “No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración, fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y Gabo”, escribió en su artículo “A la sombra del patriarca”. Su crítico de toda la vida, el también Nobel Mario Vargas Llosa, con quien había compartido la admiración de primera hora por Castro y la Revolución Cubana, llegó a llamarle “lacayo” por su adhesión intelectual y política al veterano líder comunista.
Su silencio ante las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos y el éxodo de los “balseros” le atrajo la crítica de muchos intelectuales, entre ellos de Susan Sontag, quien durante una visita a Bogotá lamentó: “Es el gran escritor de este país y lo admiro mucho, pero es imperdonable que no se haya pronunciado frente a las últimas medidas del régimen cubano”. García Márquez siempre tuvo a la mano un argumento para hacer frente a las críticas: “No podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y conspiradores, que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años”. “La obra de García Márquez sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió. Pero sería un acto de justicia poética el que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se deslindara de Fidel Castro y pusiera su prestigio al servicio de los?’boat people’ cubanos. Aunque tal vez sea imposible. Esas cosas inverosímiles sólo pasan en las novelas de García Márquez”, lamentó Krauze años antes de la muerte del escritor.
(El Universal)