Ganaron “Bailando en Cuba”,la 8 y los televidentes

Ganaron “Bailando en Cuba”,la 8 y los televidentesLA HABANA, 20 mar. (Cibercuba) Los tres conductores (Camila Arteche, Leo Benítez y Carlos Solar), el trío de autorizadísimos jurados (Lizt Alfonso, Santiago Alfonso y Susana Pous) y las tres parejas finalistas (7, 8 y 10) bailaron alo largo de la Gran Final en la primera temporada del estelar televisivo dominical Bailando en Cuba, un programa que a pesar de alguna que otra imprecisión, o exceso, logró mejorar definitivamente la desaliñada programación dominical nocturna.

Cada una de las tres parejas debió interpretar un popurrí de ritmos cubanos, un número de su elección y una improvisación final. La pareja 8 tuvo el acierto de elegir Cuba, isla bella, el nostálgico y rítmico canto de amor de los Orishas, y la pareja desplegó carisma, imaginación, inteligencia, dominio escénico y una sólida relación de pareja.

En el sitio oficial de Bailando en Cuba se dice sobre ellos lo siguiente: “Suelen ser una bella mezcla de dinamismo y glamour; en escena logran la sensación de llevar mucho tiempo bailando juntos por la limpieza y la seguridad de sus movimientos. Lo cierto es que desde que se vieron lograron una especial química que se advierte en cada paso.” Reproducimos tal opinión porque me parece exacta definición.

Aunque en un momento el criterio de una de los jurados, Susana Pous, la directora y coreógrafa de Danza Abierta, parecía inclinarse por la pareja 10, y aseguró contundente que Ranger era el mejor bailarín de concurso, al final hubo justicia y ganaron los mejores, al menos como pareja. Uno de los desajustes más visibles consistió precisamente entre alguna opinión tal vez demasiado elogiosa del jurado, y más tarde esa pareja quedaba eliminada.

Entre las inexactitudes del espacio también se cuentan unos segmentos intercalados larguísimos y no siempre relacionados con el perfil y propósitos del espacio. A lo largo de tanto spot y tantas clases magistrales y visitas a unos y otros lugares muchas veces podía decaer la atención del espectador, obviamente interesado en la competencia.

Además, las tomas de cámara y “switcheos” también olvidaban, en busca de planos espectaculares, lo que el televidente quiere ver: a los concursantes bailando en una escala que permita apreciarlos íntegramente. Recuerdo que en alguna emisión se insistió en una tomas cenitales lejanísimas que apenas permitían apreciar a los bailadores. Tampoco parecía necesario el circo y la impostada teatralidad a la hora de eliminar parejas, consolar perdedores o premiar a los que triunfaron.

Sin embargo, a pesar de los pequeños desaciertos, Bailando en Cuba regaló a los cubanos diez semanas de entretenimiento, espectacularidad, y mejor comprensión de la música cubana en sus lindes bailables. Y si bien al principio algún promotor despistado insistió en divulgar el programa como un sucedáneo de Para bailar, muy pronto el programa demostró un corte más sofisticado y más interesado en descubrir bailarines que bailadores.

Por otra parte, se conoció que la pareja número doce, integrada por Ángela y Duvel apodados Los Cuqui, resultó la más popular, en abierta demostración de asimetría entre la decisión del jurado y la del público, pues ellos habían sido eliminados hace varias semanas. Divergencias aparte, por consenso puede decirse que Bailando en Cuba significa la reconciliación de la televisión nacional con la competencia de talentos atractiva e inquietante, en una política audiovisual que muchas veces ha considerado el entretenimiento y el espectáculo vinculados a la banalidad y la falta de inteligencia.