Cultivos en Cuba: cuando cojea la mesa

Cultivos en Cuba: cuando cojea la mesa

Foto:Borges

LA HABANA, 12 mar. Por: Alberto C. Toppin  Confirmado: este año, tal vez como el anterior, habrá papa para la familia cubana. Esa es la principal deducción que se obtiene cuando se escucha que a finales de la primera mitad del actual febrero ya se está cosechando el tubérculo de semilla nacional — sembrado en noviembre del año pasado —, y que en próximas semanas se recolectará el de semilla importada.

Sin embargo, la cuestión radicará en los precios y cuán racionado podría estar el producto: en el 2017 costó un peso la libra y se limitó a ocho por consumidor.

La situación que afronta una vianda tan demandada como la papa tiene muchísimos puntos en común con la de productos liberados que se requieren para una mejor calidad de vida, por ejemplo, las frutas de estación y los vegetales.

La necesidad en Cuba de una agricultura intensiva que provea de una cantidad estable de alimentos todo el año es, sin dudas, un tema a tratar en este sentido. Encima, el nivel de industrialización agrícola es relativamente bajo para los tiempos que corren.

Prueba de ello es la rusticidad en los instrumentos de trabajo empleados por los campesinos, que no han cambiado significativamente desde hace décadas, aunque es de notar la incorporación, hace años, de tractores muchísimo más modernos que aquellos introducidos durante la época soviética y que, junto con la maquinaria de carga, abunda por todo el país.

Ello, de conjunto con el poco desarrollo técnico de las industrias de conserva y la limitada capacidad de procesamiento, ha influido en la segmentación de las ofertas según la temporada en boga.

Es muy poco frecuente encontrar cultivos que se reproduzcan en tiempos fuera de cosecha habitual; dígase mangos en febrero y marzo —meses en que los árboles comienzan a florecer—, mandarinas en julio o agosto, guayabas en mayo, aguacates en abril o mameyes en enero.

En otras áreas también existe cierto retraso, por ejemplo los sistemas de riego. Oficialmente se conoce que la agricultura es el principal consumidor de productos hídricos en Cuba, sobre todo porque utiliza regadíos en los que se pierde un porcentaje del agua suministrada, cuando en buena parte del mundo se utilizan sistemas por goteo —el agua se dirige directamente al cultivo de manera permanente y con mayor control— que disparan los rendimientos.

Por otra parte, las condiciones climatológicas extremas también están influyendo en el desenvolvimiento de la agricultura cubana, al punto de invertir periodos lluviosos y de sequía con la consecuente disminución productiva. Ello ha llevado a la especulación en etapas anteriores. Por ejemplo, hace dos años, las cosechas de diciembre fueron afectadas por la aparición de fuertes lluvias en los inicios de la temporada invernal, que históricamente ha sido de bajas temperaturas y pocas precipitaciones.

Esto conllevó a comprometerse la disponibilidad del tomate y que su precio ascendiera estrepitosamente hasta los 20 pesos la libra, cuando en el mercado anteriormente se podía hallar en seis pesos como máximo.

Asimismo, por una época cercana en que se liberó la venta de papa, la oferta no pudo suplir la demanda y al no controlarse la compra, hubo desabastecimientos.

En adición, una larga cadena de mediadores que, en búsqueda de ganancias, han multiplicado los precios en lugar de las ofertas, arguyendo las disponibilidades de los campesinos y los precios que estos ponen, a veces con razón, otras no.

Con razón porque los estudios de factibilidad en producciones agrícolas pudieran estar desfasados sobre todo en el sector privado, donde en ocasiones el productor se ve obligado a contratar servicios complementarios como la protección contra los robos en los cultivos y transportación, y estos inciden negativamente en los precios finales. Sin razón porque hay casos registrados en que el campesino vendía a un precio hasta cinco veces inferior respecto a lo que abonaba el consumidor final.

La existencia de todas estas condiciones adversas no significa que todo esté perdido. Cuando se habla de modelos de agricultura sostenibles en el tiempo a nivel mundial, sale a relucir la agricultura urbana y suburbana que se desarrolla con cierto éxito en Cuba tras los años noventa.

Las razones se concentran fundamentalmente en cuán ecológica resulta esta experiencia, que aprovecha el control biológico como sustituto de plaguicidas químicos y emplea abono orgánico —estiércol y humus de lombriz principalmente— en lugar de fertilizantes. Esto deviene en un producto final de características superiores en cuanto a sabor y valor nutricional en comparación con sus homólogos tratados químicamente. Y, lo más importante: solo queda a metros del consumidor.

No hay dudas de por qué modelo se debe seguir apostando.