El cristo de La Habana y su creadora

LA HABANA, 3 mayo En la cima de la loma de La Cabaña y a unos cincuenta metros sobre el nivel del mar, está enclavada la mayor escultura del mundo en mármol blanco de Carrara concebida por una mujer. Detalles curiosos sobre la monumental obra fueron revelados por un amigo de Jilma Madera, su creadora.

La obra El Cristo de La Habana fue inaugurada el 25 de diciembre de 1958. Para su realización, Jilma Madera había estado trabajando durante dos años en la localidad italiana de Carrara, luego de resultar ganadora del concurso que al efecto se convocó, y por el que recibiera 200 mil pesos.

La suma, sin embargo, sería empleada por la escultora en comprar el mármol para la elaboración de la obra.

Para que lo recuerden

El sello personal de la autora de El Cristo de La Habana, obra de 20  metros de altura, rompió con muchos cánones de la época: los finales de los años 50 del siglo XX. Su originalidad, se ha dicho, fue decisiva para granjearle el premio del concurso convocado para tales fines.

El Cristo de la escultora pinareña Jilma Madera NO está con los brazos abiertos como el de la montaña de Corcovado, de Río de janeiro, el de Lubango, en Angola, o el de Lisboa, Portugal.

Por otra parte, según afirmara el historiador Jorge del Valle González, Jilma Madera expresó el día de la inauguración de la obra que concibió al Cristo para que lo recordaran y no para que lo adoraran. Es mármol, señalaba entonces. El Cristo de La Habana es una escultura de 600 toneladas de peso compuesta por 67 piezas de mármol de Carrara.

En sintonía con Cuba

Luego de confeccionar en Carrara, Italia, las 67 piezas que formarían al Cristo, Jilma Madera las empacó y las envió a Cuba. Por cada una de ellas pagó un seguro y trajo, además, un bloque de mármol previendo algún accidente. Luego dirigió al grupo de hombres que auxiliados por una grúa colocó cada pieza en su debido sitio.

Jilma Madera no había utilizado modelo para esculpirlo; más bien se inspiró en su ideal de belleza masculina: ojos oblicuos y labios pulposos, en sintonía con el mestizaje racial cubano.

Los pies de El Cristo de La Habana son los de la propia Jilma, ha afirmado el historiador Jorge del Valle, por eso calzan unas sandalias de meter el dedo, a la usanza de las inmediaciones del siglo XX. Quizás la pinareña lo quiso así para hacerlo más cercano a quienes, hasta hoy, llegan a admirarlo.
(Tomado de RR)